Frankenstein o el moderno prometeo, Mary Shelley (Montesinos)

De dolorosa ternura, amor, soledad, odio, angustia y desesperación escribe una joven de apenas dieciocho años llamada a convertirse en mito de la literatura universal. Frankenstein o el moderno prometeo nació de la prodigiosa mente de Mary Shelley durante un banquete en la villa Diodati, la residencia de Lord Byron situada en Suiza, a los pies del río Leman. Había sido invitada junto a unos amigos y su pareja, el poeta Percy Shelley, para disfrutar de unas vacaciones en este inspirador entorno pero el frío y las tormentas de aquel verano de 1816 acabarían por crear el escenario lúgubre perfecto para escribir una novela de terror.

Fue una competición entre amigos escritores —entre los que también se encontraba John Polidori, autor de El Vampiro, y médico de Lord Byron en aquella época— lo que animó a la joven Mary Shelley a elaborar el relato que daría origen a la gran novela gótica, Frankenstein. La prueba propuesta por el anfitrión, Lord Byron, los retaba a escribir la historia más terrorífica que pudiesen contar.

De ahí nació la idea que se convirtió en realidad dos años más tarde, con la publicación de una tirada de 500 ejemplares. Sin firma. Ella tardaría más de una década en reconocer su autoría. Este 2018 celebramos su 200 aniversario. “¿Cómo es posible que yo, entonces una jovencita, pudiera concebir y desarrollar una idea tan horrorosa?”, se llegó a preguntar.

 

Influenciada por los avances de la medicina y la corriente galvanista, que estudia el efecto de la electricidad en un cuerpo vivo o muerto, su imaginación la llevó hasta el doctor Víctor Frankenstein, a quien recluyó en su consulta con el único afán de crear y dar vida a un ser inerte, sin considerar el peligro y el conflicto ético que podría suponer tal experimento. Una cuestión sobre el avance de la ciencia y la tecnología que todavía hoy está de plena actualidad.

Así nace el monstruo, la criatura, el engendro a quien Shelley no da nombre de forma deliberada. Un ser tierno y sensible, que solo vaga en busca de afecto, y a quien su aspecto físico, de grandes dimensiones y horribles proporciones, lo hacen merecedor del miedo y el terror de las personas. Sin embargo, en él se esconden grandes virtudes y aptitudes. Es un ser inteligente, ávido de conocimiento, que pronto aprende el idioma de la familia a la que sigue como si fuese la suya propia desde su escondite.

También aprende a leer con tres grandes obras que le mostrarán los valores del ser humano. El Werther, de Goethe,  le muestra el amor, Las vidas paralelas, de Plutarco, le enseña filosofía y el pensamiento elevado de los hombres de la antigüedad, mientras que El Paraíso Perdido, de Milton, le explicará los designios de Dios con los hombres.

Frankenstein ha creado a un ser con alma que solo busca amor, compañía, un semejante para poder librarse de la condena impuesta por su propio creador: la eterna soledad.  No es hasta que se da cuenta de lo irremediable de su situación cuando aparecen los deseos de odio y de venganza:

“Me vengaré de mis sufrimientos; si no puedo inspirar amor, desencadenaré el miedo; y especialmente a ti, mi supremo enemigo, por ser mi creador, te juro odio eterno”.

Un ser atormentado que, sin embargo, encuentra alivio en la poesía de la naturaleza. Una simple criatura que busca la felicidad y, en ocasiones, la consigue:

“Olvidé mi soledad y deformación, y me atreví a ser feliz”.

El fantástico relato de Shelley, considerado la primera novela de ciencia ficción,  es también un profundo análisis psicológico sobre una criatura creada casi por error y la dolorosa y tormentosa relación que teje con su creador. Solo el lector consigue llegar a su interior, al menos él sí lo acompaña hasta el final.

“Terminé la noche, y el sol se levantó por el horizonte. Empecé a tranquilizarme, si se puede llamar tranquilidad a aquello en lo que nos sumimos cuando la violencia de la ira deja paso a la desesperación”.

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