Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez (Penguin Random House)

Se ha escrito mucho sobre Cien Años de Soledad, la obra maestra del Premio Nobel (1982) Gabriel García Márquez, aunque siempre resultará interesante recuperar un clásico imprescindible de la literatura universal. La historia de las siete generaciones de la familia Buendía es una revisión de cuento y sueño a los hechos que marcaron profundamente la vida de Gabo y su entorno, Macondo, el lugar donde nació, el pueblecito colombiano de Aracataca que inspiró la novela. La extraordinaria belleza literaria que alcanza en su novela cumbre para hablar del amor, los deseos, el miedo, la familia, el paso del tiempo, la vejez y la muerte, pero también de la guerra, los fracasos, el desarrollo, la Historia, el colonialismo la hacen merecedora de ser uno de los máximos exponentes del realismo mágico junto a la obra de otros genios como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges o Juan Rulfo. Se trata de una novela de poso denso en la que cada página escrita viaja hacia el fondo del lector para quedarse a vivir entre recuerdos, sonrisas y suspiros. El escritor teje una estrecha relación de fortaleza con las múltiples historias que comienzan en el matrimonio entre Úrsula Iguarán y José Arcadio. El desarrollo de la estirpe Buendía incita al crecimiento personal del lector. Suceden giros temporales, existen muertes recurrentes, apariciones y duendes; la fantástica animalización de los personajes… Todo cabe en su espléndido universo. El adulterio, el incesto, la envidia, los misterios de la condición humana, la fertilidad y los 17 Aurelianos del coronel. Deslumbra la apetencia de la joven Rebeca por comer tierra, al igual que la maldición de muerte que caía sobre quienes amaban a Remedios la bella, que ascendió a los cielos. Son retazos de locura preciosista que resaltan lo extraño de la cotidianeidad.

Destaca el personaje de Melquíades, el patriarca del pueblo gitano que impresiona a José Arcadio Buendía con artefactos e invenciones tan insólitas como ingeniosas. “Hubiera querido inventar una máquina de la memoria para poder acordarse de todas”, describe el autor. Sus visitas a Macondo representan la llegada de la modernidad a un mundo remoto.

La promiscuidad se revela en Pilar Ternera. Regenta un prostíbulo y fruto de su relación de amante con el joven José Arcadio da a luz a un nuevo Arcadio, que crece en casa de sus abuelos creyendo ser hijo del gran patriarca.  Ella mantiene a su vez una relación con el coronel Aureliano, el hombre sin corazón de los 32 levantamientos perdidos que tiene “podridos” los afectos. Después de todas sus batallas, en las que llegó a engendrar a 17 Aurelianos de diferentes mujeres, regresa vencido a Macondo para retirarse a elaborar pescaditos de oro.

Detrás de una prosa tierna y bella se esconde un relato complejo, triste y solitario. Cargado de emociones y supersticiones como las que sufre Úrsula que, casada con su primo, teme engendrar un niño con cola de cerdo. Ella representa la fortaleza que confiere la longevidad, el cuidado permanente de los suyos a lo largo del paso del tiempo… Es la gran mujer de Cien Años de Soledad. Su valía y sabiduría conduce una estirpe de siete generaciones condenada a la eterna soledad.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.”

“El letrero que colgó en la cervit de la vaca era una muestra ejemplar de la formar en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a contra el olvido”

“En realidad no le importaba la muerte sino la vida, y por eso la sensación que experimentó cuando pronunciaron la sentencia no fue una sensación de miedo sino de nostalgia. No habló mientras no le preguntaban cuál era su última voluntad.

—Díganle a mi mujer —contestó con voz bien timbrada— que le ponga a la niña el nombre de Úrsula. — Hizo una pausa y confirmó: Úrsula, como la abuela. Y díganle también que si el que va a nacer nace varón, que le ponga José Arcadio, pero no por el tío, sino por el abuelo.

“Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro”

“El coronel Aureliano Buendía era el único habitante de la casa que no seguía viendo al potente anciano agobiado por medio siglo de intemperie. “Saluda a tu padre”, le dijo Úrsula. Él se detuve un instante frente al castaño, y una vez más comprobó que tampoco aquel espacio vacío le suscitaba ningún afecto.

—¿Qué dice?— preguntó.

—Está muy triste— contestó Úrsula— porque cree que te vas a morir.

—Dígale— sonrió el coronel— que uno  no se muere cuando debe, sino cuando puede.

“Había pasado mucho tiempo cuando vio la última mariposa amarilla destrezándose en las aspas del ventilador y admitió como una verdad irremediable que Mauricio Babilonia había muerto”

“Llovió cuatro años, once meses y dos días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las causas como anuncios de recrudecimiento.”

9780525562443

 

 

 

 

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