Mala letra, Sara Mesa (Anagrama)

Los once relatos que conforman Mala Letra circulan entre las luces y las sombras de sus personajes, establecen la cuerda floja en la que se mueve su psicología. Al igual que en Cara de pan y Cicatriz, Sara Mesa presenta el contrapunto de historias aparentemente convencionales con las que se identifica el lector a primera vista. Pero tras esa calurosa y confortable apariencia llega el desconcierto, el matiz que hará al lector sobrevolar por el abismo de unas circunstancias complejas con un nudo contenido en la garganta y el estómago en vilo.

Con un estilo directo y sutil, marca de la casa, la autora se adentra en los recuerdos de infancia, en los momentos clave que forjan la personalidad adulta. También en los vértices y directrices de lo que se supone correcto y lo que no lo es y sin embargo se revela necesario, imprescindible, para experimentar toda la dimensión de la vida humana. Los azares y deslices del destino.

No hay trampa ni cartón. Solo la transparencia inmersa en la contradicción, lo sorprendente y lo auténtico. Y ahí radica la valía de esta escritora. En la desnudez de la arquitectura de las palabras que obtiene al fin su verdadero significante, una seducción incómoda de las historias ocultas que habitan en el intelecto humano y en lo más profundo del ser. En la mayoría de las veces sin finalidad alguna. Simplemente es el círculo de las palabras y los instantes que representan la esencia de la existencia de una vida vivida en toda su plenitud.

Porque algo (mucho) tiene de pura, transparente y verdadera la literatura de Sara Mesa. Algo que se escapa a la aceptación de lo convencional. Como los grandes escritores, crea su propio lenguaje, su lugar para existir y proyectar una dimensión nueva, sorprendente, que merece mucho la pena descubrir.

En forma de relatos breves, la escritora consigue la excelencia al aunar técnica precisa  con pasión propia. Aprendizaje dilatado y elixir… Y así, llega la magia.

“Claudia me invitó a su boda, a la que no acudí, y me escribía cada verano que les fuera a visitar, lo que nunca hice. Había conseguido un poco de paz y tenía miedo a reavivar las llamas del pasado. Nunca dejamos de escribirnos. Es cierto que el tiempo que pasaba entre carta y carta era cada vez más largo, y que apenas teníamos cosas que decirnos, pero así es la vida. Los nudos más sólidos se desatan por sí solos, porque la cuerda se gasta. Todo se va, todo pasa, el agua corre y el corazón olvida”.

“Un ogro es siempre lo otro, lo que vive en las afueras, aquello que no es la persona en sí misma pero que vive en sus pensamientos, como la madre vive en los del niño. Los ogros habitan ese territorio hurtado a la razón. Nadie sabe más de sexo que ellos, por eso las muchachas los van a buscar”.

“No debes enamorarte de mí, me dijo al devolverme la libreta. Soy como esas aves que tanto te gustan y que no pueden parar quietas en ningún lugar. No lo olvidaba, había aprendido a estar a su lado sin pensar, sin pedir nada, como hacía cuando observaba las aves en la ría”.

“Las sábanas estaban revueltas y sentí deseos de llorar. Aquellos que habíamos sido esa noche dónde estaban, dónde sus cuerpos tan bellos y locos. Y comprendí que nada de lo que los hombres y las mujeres hacen cuando se acuestan juntos tiene que ver con lo que son y hacen en sus vidas normales, que ningún  cambio hay entre lo que sucede en esas camas donde se aman y el mundo al que regresan al despertar”.

¿Por qué las parejas se dejaban de querer? Pensaban que su amor duraría siempre y pronto descubrían que todo lo que podían hacer, si querían continuar juntos, era aprender a soportarse el uno al otro”.

“Fuimos a la cafetería del hospital. No habíamos comido, pero nada tenía allí buen aspecto. En aquel lugar tan cercano a la muerte nadie se ocupaba de hacer grata la vida a los demás”.

“El arte solo surge del miedo a que la vida no signifique nada”.

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