El lector, Bernhard Schlink (Anagrama)

Resulta incomprensible cómo la sociedad alemana pudo haber permitido el Holocausto, la deriva irracional de una generación, su mirada hacia otro lado, el consentimiento de la barbarie como una concurrencia normal de los hechos. La vergüenza de las posteriores generaciones, cómplices por la implicación de su entorno, es el punto de partida donde radica y crece por sí mismo este genial y extraordinario relato del novelista y profesor de leyes Bernhard Schlink, que se ha ganado múltiples premios como el Hans Fallada Prize o el Laure Bataillon.

La primera parte de El lector se adentra en el idilio de amor de una extraña y misteriosa pareja. Un joven que todavía no ha terminado el bachillerato se enamora de una mujer mayor, que sobrepasa la treintena. Él es Michael Berg y ella, Hanna Schmitz, pero eso no lo saben hasta después de estar juntos. El fuego y la pasión inundan los encuentros furtivos en el apartamento de ella. Él se escapa, falta a clase, se retira el primero de las reuniones con amigos…

Pero el hilo que los une es muy débil. Apenas saben nada el uno del otro. Él va a verla a su trabajo como revisora en el tranvía, a ella le gusta que le lea en voz alta las historias de sus libros. La busca por todas partes, incluso de manera obsesiva, hasta que un día ella se va. Él conserva su última imagen, su olor. Una proyección mental que trata sin éxito de encontrar en el resto de mujeres que lo acompañan en su vida.

Hannah y Michael se vuelven a encontrar en un tribunal siete años después. Él estudia Derecho y sigue con sumo interés el juicio por crímenes de guerra contra su primer gran amor. Ya no siente nada pero un impulso magnético lo mantiene anclado en cada sesión. Y es entonces cuando empieza a comprender. Hannah no sabe leer ni escribir pero su orgullo la impide reconocerlo y eso actúa en su contra durante el juicio. En su declaración, ella misma firma su propia condena a cadena perpetua.

Hannah se alistó en las SS cuando trabajaba para Siemens, allí nadie sospecharía de su analfabetismo. Se encargaba de la guardia y custodia de mujeres en los campos de concentración y exterminio nazi. A las más débiles, les pedía que le leyesen libros en voz alta antes de ser enviadas a la cámara de gas. ¿Lo hacía para aliviar de este modo sus últimos días?

Es acusada por sus compañeras de redactar el informe sobre el incendio de una iglesia en el que dejaron morir a miles de prisioneras. Solo una de ellas sobrevivió.  Hannah asume los hechos y acepta la responsabilidad en solitario.

El dilema moral del protagonista, que se siente culpable de haber amado a una criminal de guerra nazi, centra esta segunda parte de la novela. ¿Pero hasta dónde llega la culpabilidad de Hannah?

Durante su estancia en la cárcel, él le envía cintas con las lecturas de sus libros. Hannah aprende con ellas a leer y a escribir y le envía cartas en las que se refleja su esfuerzo por aprender. Entre su biblioteca guarda volúmenes como Si esto es un hombre, de Primo Levy.

El final es tan sobresaliente como el desarrollo de la propia novela, que discurre entre el bien y el mal, sin dejar de lado en ningún momento la ternura y el amor, a pesar de su oscuro drama. A Kate Winslet le ha valido un Óscar su interpretación de Hannah Schmitz en la versión cinematográfica de Stephen Daldry. Un gran personaje para una más que delicada novela.

“Me asusté. Me di cuenta de que me parecía natural y justo que le aplicaran a Hannah la prisión incondicional. No por la naturaleza de la acusación, la gravedad del delito o por la verosimilitud de la sospecha, cosas de las que yo no estaba informado con exactitud, sino porque mientras estuviera encerrada, Hannah estaría fuera de mi mundo, fuera de mi vida.”

“Todos los supervivientes que han narrado por escrito sus experiencias hablan de ese embrutecimiento, en el que las funciones de la vida quedan reducidas a su mínima expresión, el comportamiento se vuelve indiferente y desaparecen los escrúpulos,y el gaseo y la cremación se convierten en hechos cotidianos.”

“No podemos aspirar a comprender lo que en sí es incomprensible, ni tenemos derecho a comparar lo que en sí es incomparable, ni a hacer preguntas, porque el que pregunta, aunque no ponga en duda el horror, sí lo hace objeto de comunicación, en lugar de asumirlo como algo ante lo que solo se puede enmudecer, presa del espanto, la vergüenza y la culpabilidad.”

“Si no era culpable por traicionar a una criminal, ya que eso no puede ser motivo de culpa, sí lo era por haber amado a una criminal.”

“—Tienes razón. No estaban en guerra ni tenían ningún motivo para odiar. Pero tampoco los verdugos odian a los condenados a muerte, y sin embargo los ejecutan. Se lo han ordenado así.”

 

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