Crematorio, Rafael Chirbes (Anagrama)

Adentrarse en el universo de Crematorio no es una tarea sencilla. Su prosa abundante, incontenible y afilada requiere de calma y concentración. Su lectura se destila lenta y pausada. Cada página se abre como un mar insondable, repleto de turbulencias, de vida a la deriva, pero también de salitre que cura las heridas, de reflexiones interiores y de redención. La punta del iceberg que desencadena el maremagnum de Rafael Chirbes es la muerte de un hermano.

El suceso llega como un ajuste de cuentas con el pasado. Se trata de una trama familiar capitaneada por Rubén, un estudiante de arquitectura que termina por convertirse en constructor, que juega con la especulación inmobiliaria y la corrupción. Pero que, al  mismo tiempo, se acerca como un ser real, de carne y hueso, que no despierta prejuicios. Un personaje redondo que le sirve al autor para realizar una crítica contundente al sistema capitalista.

En contraposición, se sitúa su hermano pequeño, Matías. Un vividor, un salvaje, un bohemio, un revolucionario. Sus principios no dejan a nadie indiferente, pero tan rápido como vive entre las tinieblas de la sociedad, el alcohol y los excesos, se consume su último aliento. Siempre ha sido el preferido de su madre, el tío deslumbrante para su hija Silvia… Su estela aparece entre luces y sombras, un contrapunto perfecto.

Silvia se refugia en su tío Matías para escapar del código familiar impuesto por su padre. Entre otras cosas, no le perdona haberse casado con una mujer joven y artificial tras la muerte de su madre. Tampoco su marido, Juan, es del agrado de Rubén: el catedrático de literatura que escribe una biografía sobre su amigo, Brouard, venido a menos, hundido en el pozo del alcohol y las drogas.

En la esfera de la perversión, aparecen Collado y Traian. Prostitución, drogas, corrupción, blanqueo. Vidas destrozadas. Su historia completará la propia trama de Rubén, que es, a la vez, una crónica familiar, un retrato social, un conflicto generacional, una revisión crítica a la historia reciente, un tratado ideológico, una reflexión artística… Una estampa cruel y mísera de lo más débil de la humanidad. Lúcida, osada, desbordante, Crematorio descubre sin reservas los cimientos más oscuros y complejos que sustentan los mimbres de la sociedad.

“No puede haber nunca privilegios para todos, una cotidianeidad de la riqueza, eso es humanamente indeseable. Hay clase alta porque hay clases bajas, lo otro sería volver al comunismo, que no creo que haya durado más de tres o cuatro años en ningún sitio del mundo, enseguida llegó la NEP, la trajo el propio Lenin, la nueva política económica soviética, para fomentar la aparición de una clase por arriba: aparecieron los traficantes, los acaparadores, los coleccionistas de antigüedades, los nuevos detentores del gusto; y, casi inmediatamente, se instalaron las burocracias, porque, luego, no será que allí, en nuestro país, no había clases, que te lo pregunten a ti, Traian.”

“El pasado es un alien que llevamos todos dentro, que engorda, que está ahí siempre a punto de reventarnos el pecho y escapar. En esa conversación también participó Matías, manteniendo ideas cercanas a las de Juan: Los momentos de luz son pasajeros, inestables. Hoy llamamos progreso a algo que no sabemos cómo lo llamarán los que vengan. La oscuridad es el estado natural: en cuanto el hombre se descuida, vuelve lo oscuro. En la vida privada ocurre lo mismo. En cuanto te descuidas tres o cuatro días sin hacer limpieza, lo oscuro, lo sucio, lo prehumano, empieza a comerte. Cuesta mucha energía mantener escondida la lucecita de la civilización.”

“Es que no sé cuál es tu malestar, Silvia, tienes veinte años. No sé exactamente qué es lo que me echas en cara. Nosotros, tu tío, Brouard, yo, tanta gente, lo que quisimos fue luchar, cada uno a nuestra manera, contra la dictadura, no tanto contra un sistema político; yo diría que la lucha fue, sobre todo, contra una sociedad cerrada, pacata, que te asfixiaba, te impedía respirar. Pero lo tuyo no sé exactamente lo que es. Me dices que odias la vida que llevamos, pero ¿puedes señalarme otra que pudiéramos llevar? Está muy bien que te escapes de la realidad por cualquier gotera que te pongan. La realidad es siempre un engorro. Pero cuando te metes en una gotera intentando escaparte de ella, ten en cuenta que es muy probable que ese hueco te lleve a otro peor: las cacerolas sucias, la comida en dudosas condiciones en el frigorífico, las cucarachas corretenado junto a los plantos en los que van a servirte el bogavante.”

“Hija mía, Matías sale a cazar la libertad en los bares, por la noche, a ser posible ya tarde. Y la libertad no vive en esos sitios, ni se pasea a esas horas, Silvita (¡no me llames Silvita, papá!), eso no es la libertad. La libertad, aunque se te haga extraño, aunque no te lo creas, se acuesta temprano, y duerme sus ocho horas de un tirón. La libertad se conquista teniendo un trabajo que te gusta y que te permite vivir como a ti te gusta.”

“Matías nunca quiso arrojarse en una hoguera, ni arder; su fuego solo encendía las palabras que pronunciaba en las barras de los bares, o en cerradas reuniones de fieles dispuestos a admirarlo; su sangre llevaba más alcohol que hemoglobina, más ginebra que cloratina. Las palabras ardían en el aire durante algunos segundos y luego caían convertidas en ceniza. Eran solo estrategias del yo.”

“Si lees poesía puedes pasarte una buena media hora sin tener que cambiar ni siquiera de página. Los poemas producen en la literatura el mismo efecto que las maquetas en arquitectura: ves el edificio entero desde el aire, el paisaje entero con una sola ojeada, incluso puedes terirar los tejados y ver el interior de las habitaciones.”

“Me hubiera gustado que la familia fuera un espacio de tregua. No tener que seguir luchando también con lo que debería haber sido lo mío, con quienes deberían ser los míos. La economía es una actividad eminentemente nerviosa, y aún más la construcción, quizás la mejor metáfora del capitalismo. Crecer supone destruir, y de eso no tengo yo la culpa: crecer es no parar de crecer y construir es no parar de destruir. Se destruye algo para construir algo.”

 

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